Competencia Ilegal, el final

El final

La tortura

Dejé en evidencia mi insólito comportamiento cuando comencé a manejar a mayor velocidad y al mover el cambio se me cayó el celular.

-¿Qué es lo que te pasa? Preguntó mi amiga extrañada. Estábamos las mismas de siempre. Las tres mosqueteras que siempre salíamos juntas a los mismos sitios, rumbas y restaurantes.

-¡Nada!

-¿Entonces? ¿Por qué manejas así?

-¿Así cómo?

-¡Como apresurada!

No le contesté. Solté un suspiro profundo y rompí el silencio.

-¡Me acaban de mandar un mensaje!

-¿Qué dice? Me preguntó intentando matar su curiosidad.

-(Tu chico está aquí)

Su cara de sorpresa fue más delatadora que la mía. Era la situación más incómoda que se podía presentar esa noche.

-¡Quién sabe con qué zorra estará! Afirmé descargando toda la ira.

-¿Y ahora?

-¡Nada! ¡Ya estamos aquí! Les dije.

-¡Te ves divina! violetAfirmó una de mis amigas. Me dio un beso y me abrazó.

-¡Gracias! Casi sin un gesto expresión.

El corazón se me quería salir. Pulsadas afligidas que me castigaban sometiéndome al silencio. La multitud me producía demo fobia y a pesar de sentirme protegida con mis amigas a mi lado, un aire de angustia me golpeaba.

La música sonaba súper fuerte. La aglomeración era exorbitante y  era casi imposible caminar. Empeciné mi mirada en cada persona queriendo localizarlo primero que él a mí.

-¡Vámonos! Grité alterada.

-¡Cálmate! Me contestaron ambas al mismo tiempo.

Me comí mis nervios. Seguimos caminando en cadena, agarradas de las manos.

Noté que mi amiga se detuvo. Cuando volteé a ver qué pasaba, mi mirada se paralizó.

Ahí estaba. Justo en mis narices y no lo había notado.

El efecto de cámara lenta, el juego de planos detalles  y movimientos para marcar sentimientos en los personajes de las películas, nunca hubiesen podido mostrar lo que yo sentí cuando lo vi. Una avalancha de sin sabores que me dejó sin aire para respirar.

Ella apretó fuerte mi mano fría. Su sonrisa irónica y actitud medio nerviosa no lograron sacarme de quicios, por lo menos, no en ese instante.

-¡Te ves ridículo en ese grupo! Le dije sarcásticamente al oído después de darle un beso en su mejilla.

-¡Está claro que te vas conmigo para la casa! Le ordené a lo que él acentuó.

Seguí de largo, pero si esta situación fuera la escena de una película, la cámara hubiese hecho un movimiento de arriba debajo de mi personaje. Haciendo un plano detalle de nuestros ojos. Nuestras miradas confundidas se hablarían, de pronto un giro imprevisto mostraría la imagen en un plano general de ella, luciendo parcialmente “triunfadora”.

La destruí en menos de dos minutos. Su vestido fucsia, tipo globo en lycra brillante estaba aún más arruinado con esos tacones negros estilo abuela muy pasados de moda. Su pelo corto, opaco y escaso de movimiento la convertía en una “rival” poco competitiva físicamente. No tenía gracia por ningún lado, sin embargo, estaba ahí con él.

No era tristeza, era decepción.  Las ilusiones destrozadas.

Era contradictorio sentir que su corazón se quería salir de su pecho cuando lo abrazaba contra mi cuerpo. Nada era cierto. Quedé con el alma de mis sentimientos destrozada, respirando despecho y amargura.

Decidí que era mejor alejarnos del lugar donde él estaba con su “amiga”, era suficiente el espectáculo. El circo me había aburrido y  ya no tenía ninguna sorpresa.

Él estaba incomodo, lo sé. Yo conozco su mirada y también el brillo de indiferencia en sus ojos.

¿Qué si estaba ardida? ¿Cómo no estarlo? Esa mujer estaba con el capricho favorito de mi boca.

Salimos de la disco y con mis amigas caminamos hacia el parqueadero donde había dejado horas antes mi carro. Mis amigas estaban borrachas y querían seguir la rumba.

Lo comencé a llamar, él  dejó sonar el celular hasta que llegó al buzón de mensajes. Quería gritarle cuánto lo estaba odiando en esos momentos. No quería  imaginarme qué había hecho con ella después que no me vio más, los celos me masacran sin compasión

-¿Dónde está mi carro? Me hundí en un mar lleno de consternación.

-¿Cómo así? Preguntó mi amiga.

-¡Me lo robaron! Comencé a gritar. Se me bajó la presión, juro que sentí una angustia que me partía en dos.

-¿Dónde está mi carro? Grité otra vez más desesperada.

-¡Eres estúpida! ¿Cómo así? ¿No sabes dónde lo parqueaste? Exclamó mi amiga irritada.

-¡Yo lo parqueé aquí! Le contesté muy desesperada.

Ella violetacaminó hasta el final de la zona.

-¡Eres una idiota! ¡Aquí está! Respiré agradecida. Era una de las pocas veces que estaba feliz que me insultara. El carro estaba justo dónde lo había parqueado y mi alarma de robo, no fue más que un grito ciego por la rabia.

Duré  muchas más de dos semanas sin verlo. No me equivoco al afirmar que somaticé mis emociones en enfermedades del cuerpo, fiebre alta y dolor de cuerpo me lanzaron a un vacío de recuerdos.

Una de las tantas noches sin él, me tiré en mi cama y grité mi angustia con la cara contra mi almohada, la única que sabe cuántas noches lo he pensado y he deseado que no se canse de hacerme el amor. Necesitaba de él y de sus besos.

Quise llamarlo, pero me contuve. Me desnudé la piel sudada. Me miré en el espejo  y vi la expresión de mi cara, imaginé que era la misma que él aludía, la obscenidad que pronunciaba mi mirada sólo tenía un nombre.

Me metí de cabeza en la ducha del baño, el agua estaba calmando mi calentura.

Con mis dedos rocé mi clítoris que estaba aún más inundado de placer que la noche que tomé su mano y la puse debajo de mi falda, dejando al descubierto que no llevaba mis tangas. Recordé su cara de deseo, queriendo levantar mis piernas y zarandearme con mucho más ganas que yo. Él descontrolaba mis tendencias sanas.

Cuando su mirada se fijaba en la mía, nuestros secretos se cruzaban y se delataban los anhelos. Es profundo el capricho que me transmitían la fantasía de vernos con la misma sensación. Desde arriba, cuando estaba encima de él, se veían perfectos, desde abajo me regalaban el cielo.

Sin cansarme le puedo sostener que sus ojos debieron tener sólo un deseo, no hay exageración al decir que el brillo de tu mirada no me mentía. Es el espejo de esos sentimientos que callaba. El escondite perfecto de sus miedos.

Sus ojos estaban cargados de magia, eran fieles amantes de mi sonrisa. Sentía que me perdía cuando mevioleta veía, que me moría si no lo hacía.

Definitivamente necesito respiración artificial para recuperar ese aire que he perdido. La vida que he prestado y el corazón que he regalado.

Necesito revivir de la misma forma que lo hice esa noche que jugábamos a que  me daba primeros auxilios.

-¡Dame otra vez respiración! Entre carcajadas le dije ¡Respiración boca a boca!

Se acercó y respiré su aire, fue mío, abrí los ojos y lo miré. Él me besó, sonrió encantado. Nuestras miradas se dijeron varios secretos. Le acaricié su rostro, coqueteé con sus labios. Nada importa si sigue a mi lado, si soporta mis locuras, y menos, si el sentimiento de no querer olvidarse de mí secuestra sus sentidos.

Ojalá que nunca olvide esa frase que me robé de una canción. “Tus ojos no tienen dueño porque no son de este mundo”

Ojalá nunca olvide que durante todo el tiempo morí por ser su luna, su sueño, su vida, su mejor canción. No quiero que no deje de recordar siempre que más que un beso, quise regalarle mi alma ilusionada y  saturada de pasión pero que su rebeldía y dilema por contradecirme, no la aceptó.

 

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