Deseando el polvo ajeno

Por @historiasdecama

Violeta,

¿Por qué cuando el plato tiene dueño, a todos les da hambre?

Esa era la frase que revoloteaba en mi cabeza el día que me invitó a tomar unas cervezas y para no enrredarme la vida, le contesté que no podía ir, excusándome en que no tomaba.
Quería evitar nuestro encuentro, sabía a lo que estaba expuesta y no estaba dispuesta a afrontar las consecuencias, aunque unos minutos después me falló la voluntad y le dije que sí. Necesitaba sentirme menos culpable

Nos encontramos en un bar y para mi fortuna no había mucha gente. Lo vi desde lejos sentado fumándose un cigarrillo. Tenía un vaso de cerveza roja en su mano, lucía una chaqueta negra y una bufanda gris.
Desde lejos respiraba su perfección. Es impecable la forma nociva con la que me mira, me pone nerviosa y me frustra la idea de no decirle que si a todo lo que me insinúa.
Me acerqué a su mesa. Él se puso de pie y me dio un beso en la mejilla de bienvenida.

Me miró fijamente como indagándome la mente, hice caso omiso a esa mirada. Estaba llena de malas intenciones y aunque no quiera reconocerlo, me encantaba.

-¿Qué quieres? Me preguntó. Siempre es esplendoroso y dadivoso en sus invitaciones.

-¡Aún no sé! ¡Tengo hambre! No había probado bocado desde la hora del almuerzo.
-¡Tienes problemas con tu estomago! ¡Siempre tienes hambre! Afirmó.
-¡Tengo que comer! Sonreí.

violetaLa mesera trajo otro vaso y me sirvió de la jarra de cerveza que estaba en la mesa.
-¿Desean algo más? Preguntó algo desanimada, parecía de mal humor.
-¡Sí! Nos traes una picada de la casa, ordenó.
No podía mirarlo a los ojos, me atemorizaba su brillo y descubrir lo que me quería decir, aunque no voy a negar que estaba ansiosa por saberlo.
-¿Qué me cuentas? Me dijo después de tomar un sorbo de cerveza.
No logré responderle nada, la mesera nos interrumpió cuando colocó la picada sobre la mesa.
-¡Adelante! Me dijo mientras prendía otro cigarrillo.
-¡Me vas a ensuciar el pelo! Le dije. El me ignoró con un gesto sugestivo con su boca.
Mientras transcurrían los minutos estaba pensando la manera de esquivarles las preguntas, pero me debilitaba con esas miradas comprometedoras que a cada instante me lanzaba. Había tensión en el ambiente y no estaba dispuesta a ceder en sus pretensiones, aunque era muy difícil.
Me sacó de mis pensamientos cuando agarró mi mano que estaba sobre la mesa. Comenzó a jugar con ella, lo miré, lo que dijo su expresión me sonrojó. Sentí su seguimiento deseoso e impaciente.
Me deshice de esa coquetería soltándome bruscamente de su gesto de seducción. Él me miró y sonrió.
Tiene una sonrisa bella y su manera esplendida de tratarme me seducía. Me tenía adicta. Siempre estaba pendiente de cómo estaba y cómo me sentía. Se reía de cada chiste tonto que le decía y me contestaba todas las preguntas que le hacía.
Comencé a mirar el reloj, estaba buscando las excusas para decirle que me tenía que ir. Las necesitaba con urgencia.
-¡Voy al baño! Le dije.
Me paré de la silla. Mi mente estaba dispersa para pensar en una buena excusa. Yo le tenía ganas locas, pero necesitaba ser prudente.
Cuando volví a la mesa, él había ordenado otra jarra de cerveza.
-¡No quiero tomar más! Le dije.
Me miró y sonrió. Hizo caso omiso a mi petición y sirvió los dos vasos.
Hubo un silencio eterno que rompió cuando acercó su cara a mi cuello y me dio un beso en la nuca. Tenía los labios mojados con su saliva, alcanzó abrir la boca y rozarme con su lengua.
-¿Dónde está tu respuesta? Preguntó.
-¿Cuál? Estoy segura que si hubiese metido su mano entre mis piernas, no hubiese tenido que preguntar. La respuesta hubiese sido obvia.
-Dijiste que después de un beso en la nuca, el paso a seguir era jalar con fuerza y plantarme un beso en la boca.
Me reí de su frase, parecía que grabara todo lo que le escribía, sin embargo, no le contesté nada. Lo miré y tomé un sorbo de cerveza. La respuesta real estaba abajo, en mi clítoris palpitando rápido, sin rumbo y ansioso. Mis tangas mojadas, a punto de chorrearse. Había mucho público para que él me descubriera.
El silencio era eterno, me atormentaba mi falta de creatividad para no encontrar las excusas para pararme corriendo de esa mesa, tomar un taxi y huir de él y sus indirectas. De mí y de mis ganas de decirle que sí.
Me arrebató la cerveza de la mano y la puso en la mesa. Me agarró por la barbilla y me dijo.
-¡Dame un beso!
Le observé su boca rosadita, carnosa e insinuante. Si, tiene una boca deliciosa, no hay dudas de eso y yo quería arrancársela a besos. Morderle cada labio y pasarle la lengua hasta saciarme de él y su saliva envenenada.
Le volteé la cara y bebí de mi cerveza.
No parecía enojado, pero si estaba ansioso.
-¿Qué pasa? Preguntó.
Lo miré sin decir nada. Nos miramos por varios segundos.
-¡Un beso se lo puedo dar a cualquiera! Le dije.
Me sujetó la mano y mordió mi dedo. Sé que intentaba hacer y lo estaba logrando.
Solté una carcajada que permitió hacer menos tensa la escena. Me acerqué, olí su aliento, rocé mis labios sobre los suyos, lentamente metí mi lengua en su boca y lo besé.
-¿Y eso? Preguntó besándome.
-¡El beso! Le respondí y lo seguí besando. Le regalé mis ganas, no quería dejar de besarlo. Pude sentir el sentimiento de sus deseos. Me agarró fuerte por la nuca y me apretó contra su cara.
Aunque yo estaba loca con la idea de que me metiera a la fuerza en el baño y me cogiera antes de que alguien nos interrumpiera. Alguien tenía que guardar la cordura y esa parte me tocaba a mí.
-Mi problema es que yo no quiero solo un revolcón y sé que después que consigas lo que quieres, vas a querer más o peor, no querrás más nada.
Bebí de mi cerveza mientras fijé mi mirada en su anillo de matrimonio.
-¡No pretendo hacerle daño a nadie! Concluí.
-¿De qué hablas? Refutó.
-¡No quiero estar involucrada en situaciones que me dañen emocionalmente!
Bebí mi cerveza de un solo trago.unnamed-15
Era claro que si quería llevármelo a la cama. Le tenía tantas ganas. Es más creo que fui algo egoísta conmigo misma al privarme de vivir una noche con él.
-¡Llegué tarde a tu vida! ¡Y ya no hay puesto para mí! Afirmé.
Él me miró desconcertado. No había cabida para más nada. Aunque ambos lo deseáramos.
Le di un abrazo y descargué mis deseos. Sentí sus ganas y quise quedarme. Sin embargo alguien debía ser coherente. Tomé mi cartera y me paré.
Él me jaló por el brazo.
-¡No te vayas! Lo ignoré.
Recordé aquel sabio consejo de las amigas,

“Cada quién que cuide su corazón”. A pesar de que yo esa noche quería todo con él, más vale mi tranquilidad y guardar mis humedades para otro que pueda quitármelas más seguido.

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