Mi primer olvido

No podía ponerme en pie. El peso de su cuerpo sobre el mío aliviaba mi tembladera.  Me besó la espalda como tantas veces se lo había pedido, aunque esta vez no fue necesario hacerlo. Lo habíamos hecho tantas veces que era imposible recordar las posiciones en las que habíamos calmado nuestra sed. Éramos dos imanes dispuestos a unirse sin importar nada.  Estaba enamorada y lo deseaba con toda mi inocencia.

Es por eso que aún no logro comprender qué rompió la magia que engalanaba cada momento  que estábamos juntos. Me sentí tan ajena a él y al recuerdo de mis emociones.

Una vaga sensación se apoderó de mis pensamientos y aunque me cueste admitirlo sin romper mis ilusiones, hoy todo tuvo un color diferente.

Mi cuerpo sudado tenía el olor de la lujuria que descargó sobre mí. Mi respiración entrecortada me hacía suplicar por un poco más de aire. Cerré los ojos y una lágrima impertinente mojó mis mejillas. Así como minutos antes él había mojado mi vagina con su semen.

Nunca podré borrar de mi memoria la noche que descubrí las miles sensaciones que empapan la piel cuando se hace el amor con la persona que adoras.

En esos lentos minutos pasó por mi mente la fecha exacta, la aproximación de la hora y el color de la ropa que tenía puesta cuando dejé mi mirada inocente y comencé mis rutinas llenas de malos pensamientos.

Él partió mi vida en dos y asumo que lo digo en doble sentido. Partió mi corazón y partió a la virgen que estaba en el altar, sacándola sin vergüenza del anonimato, forzándola a caminar sobre espinas lujuriosas. Fui la aprendiz de un hombre que sin piedad me enseñó el dolor, los celos y como se llora sin consuelo.

Recuerdo entre sonrisas la madrugada que me obligó a bajarme de un taxi antes de que llegáramos  a mi casa y lleno de ganas me dijo que nos fuéramos a un motel.

Mi sangre hervía a fuego profundo. Una llama capaz de arrasar con todos los deseos fogosos que lo mantenían masturbándose por mi  y aunque hoy me importe poco, sé que calmaba sus arrecheras metiendo las manos debajo de otras faldas de mujeres más perras que yo.

Sin embargo, él me quería a mí esa noche. Confieso que tenía los nervios destrozados.  Era nuestra primera vez. Yo era carne fresca, nueva, recién desempacada. Sin moho, sin bacterias. Sana y jugosa. Podía palparla y disfrutar del privilegio de ser el primero en morder y deleitarse con su sabor.

Me arrancó la blusa sin reparos. Me quitó el brasier negro que tapaba mis tetas aún sólo manoseadas por él. Me lamió los pezones hasta erizar los vellos de mi piel.

Su aliento me incitaba a obedecerlo sin objeciones. El miedo me invadió y no pude contenerme al gritarle desesperada.

-¡Te juro que te quiero! ¡Pero no! ¡Hoy no! ¡Me duele! ¡Te lo suplico!

Él me miró ignorando mi petición ¿Qué me hacía pensar que escucharía mis suplicas? Me calló con un lengüetazo que impregnó mis labios de su deseo. Me besó con toda esa pasión con la que yo lo quise. Me agarró fuerte por mis manos contra el colchón vestido de sábanas blancas y dispuestas a ser testigos del inicio de una nueva historia con argumentos distintos.

Mis pezones endurecidos apuntaron vehementes en contra de su pecho. Sentí que se me iba la vida en un soplo cargado del dolor más placentero que había experimentado.

-¿Qué sientes? Me preguntó. Sus ojos parecían perdidos en un horizonte sin punto.

-¡Me duele!

-¿Qué sientes? Me volvió a preguntar moviendo con más dinamismo su cuerpo hacia mí.

-¡Me duele! Le repetí.

Cogió fuerte mi labio inferior, metió su dedo en mi boca, lo movió por toda su profundidad.

-¿Pero te gusta? Preguntó.

-¡A mí todo lo tuyo me gusta! Le contesté embrutecida.

-¿Qué sientes? Me volvió a preguntar. Esta vez apostándole con toda la fuerza a sus piernas.

-¡Que te amo! Le contesté, aludiendo a la debilidad de los sentimientos y delatándome sin remordimientos.

Me quedé sin aire para respirar. El techo parecía caerme encima. Sujetar impulsivamente las sabanas no aliviaba la alteración que me estaba provocado.

Me agarró fuerte por el cuello levantándome un poco la cabeza. Le mordí la mejilla mitigando esa ráfaga que me invadía. Sentí un dolor que calcinó mi aliento sin calma. Se movió sin clemencia. Sé que agonicé por segundos.miprimer

La lágrima que rozó mi cara en ese momento emanaba amor. Y es verdad, perdí la cordura por sus ojos y sus manos. Su piel era mi único refugio y sus besos mi única salvación.

Pero hoy ya no tengo dudas que todo es diferente. Ese universo de sentimientos hermosos que sólo respiraba fantasías, se habían convertido en el más desalmado de los recuerdos. De ese corazón sediento de sentimiento, nada más quedaba una vagina ganosa de libido.

Sequé la lágrima sin que se diera cuenta de mis recuerdos. Me volteé. Nuestros cuerpos desnudos quedaron frente con frente. Lo miré sin memoria y lo abracé para no perderme en la soledad de mis pensamientos y  el vacío de mis sentimientos. En la costumbre de no hallarme sin él. Lo abracé con tanta necesidad de encontrar lo que aquella madrugada asaltó mi alma. Encontrar aquello que sentía y que nunca imaginé que iba a olvidar.

3 Comments

  1. Me ha gustado tu texto. Hace al menos 6 años que sufro lo mismo. Creo que te entiendo.
  2. Me ha encantado tu post. Hace ya 6 años que padezco lo mismo. Saludos.
  3. Me ha encantado tu texto. Hace ya 6 meses que padezco lo mismo. Saludos.

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