La promesa oral

Por @historiasdecama

Violeta,

Caminaba por una calle de la zona más famosa y transitada de la ciudad, tenía varias copas de vino encima cuando lo vi desde lejos. No lo dudé ni un segundo,  me le acerqué y lo jalé por su mano y sin preguntarle detuve un taxi. Él no alcanzó a poner resistencia cuando lo obligué a subirse al carro, parecía tener más copas que yo porque no hizo ni al más mínimo esfuerzo para zafarse de mi.

- ¡Señor nos lleva a un motel! Le dije al conductor sin tabúes.
Lo besé cerca de su oreja y le dije.
- Estoy alucinando con que me desnudes y me beses las tetas. Júrame que vas a meterme tu lengua tan profundo que me harás estallar en gemidos
Él me miró y sonrió sin decirme nada.

-¡Estás muy loca, pero me encantas! Dijo entre dientes.

- Me besó con tantas ganas que olvidé la indiferencia a la que me había sometido por algunos meses. Olvidé sus ofensas. Él destruyó su orgullo al aceptar mis propuestas escabrosas.
Su saliva mojó todas las angustias que recorrían mi cuerpo por la necesidad que me tocará más y con menos prudencia.
Lo acaricié locamente. Le bajé la corredera de su pantalón y metí mi mano. Su pene estaba exaltado, como si quisiera explotarse.
Llegamos a la habitación. No era un motel, no esperaba menos de él. Un hotel lujoso y confortable, una cama gigante con sábanas blancas. Me miró como si tuviera muchas preguntas.
Abrió una botella de vino rosa que había pedido. Sirvió dos copas.
-¿Y ahora? Me preguntó después de darme mi copa.
-¡No sé! ¡Dime tú! Le dije.
Lo tenía frente a frente. Mi corazón se detuvo por instantes, lo abracé con fuerza y dejé caer todos esos miedos que me atacaban.
-¡No me importa nada! ¡Quiero todo contigo! ¡Siempre he querido todo!
Me besó, metió su mano por debajo de mi pelo y lo sujetó con fuerza. Respiró cerca y con cierta ironía me dijo.
-¡No mereces que yo esté aquí!
-¡Cállate y bésame! Le respondí.
Me tiró contra la cama, cuando caí me jaló por mis piernas para quitarme el pantalón.
Me desnudó y acarició mis tetas, las besó lentamente, como con magia. Su lengua recorría mis pezones y con sus dedos tocaba sin agresividad mi clítoris. Comencé a lubricarme mucho más y mis vellos se erizaban.
Mi respiración entrecortada era lo único que se escuchaba. Mis pezones estaban apuntando con vehemencia hacia su cuerpo ya sin ropa.
-¿Por qué me miras así? Me preguntó.
-¿Cómo? Seguí respirando con dificultad.
-¡Tus ojos!
-¿Qué te dicen?hc

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Abrió mis piernas y metió su cabeza entre ellas. Sentí su lengua sacudiéndome los labios. Chupando cada líquido que salía de ellos, saciando su sed de mí.
Lo sujeté por su pelo y lo obligué a que fuera más profundo.
Mis piernas se peleaban con las sábanas, agarré con fuerza la almohada.
-¡Me encantas! Dijo entre dientes.
Me miró e interrumpió mi concentración. Me volteó y se acostó sobre mi espalda. Pude sentir su pene en mis nalgas. Estaba deseoso igual que yo.
Comenzó a besarme el cuello y la espalda. Elevé mi culo y lo invité a reposar en mi vagina.
-¡Me tienes arrecha! ¡Sigue! le ordené.
Cada respiración marcaba mis deseos. Había imaginado tantos días cerca de él. Me tenía obsesionada la idea de besar su boca carnosa y mirar sin aburrirme sus ojos rasgados.
Ya no tengo palabras para describir tanta perfección y elegancia. Su estatus es grandioso, un aire de egocentrismo embargaba su ser ¡No me importa! Así me gusta con ese toque de narcisista que lo caracteriza,  con todos sus defectos a flor.
Logró desconectarme de mis pensamientos cuando movió su cuerpo distinto. Tocó mis profundas entrañas y me hizo gemir con más ganas.
Vi sus ojos desvanecidos y su expresión finita. Cayó desarmado sobre mí. Respiré porque me faltaba el aire, casi siempre siento que me ahogo cuando llego a mi punto más alto. Apretó contra la cama mis manos y me acarició con su cara. Me susurró varias palabras al oído.
Quedamos abrazados por varios minutos. Uno encima del otro, como si quisiera hacerlo eterno. No había mucho que decir. No fue corto el momento porque subí hasta el cielo.
Me miró fijamente, como indagando mis pensamientos y me preguntó.
-¿Por qué nunca me haz escrito poemas?
Me sonrojé. ¿En serio Alejo, a ti te gustan los poemas? Pregunté.
Guardó silencio. Sus ojos brillaban  y su respiración parecía acelerarse más.
-¡No lo sé! Algún día te los escribiré, le dije ocultándole la mirada, no quería prometerle mi corazón.

1 Comment

  1. Demasiado bueno... por que no le pasaran a uno esas cosas... Dio corriente esa lectura...

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