Anormal

“Pido por favor un hombre normal, que entienda que yo no lo soy y por lo tal me trate con amor, no con indiferencia, ni ganas de sobresalir o de huir de mí, porque para nadie es un secreto lo insoportable y celosa que puedo ser”

 Nunca íbamos hablar de ese tema. Me sacaba de quicios y  acordarme de eso aún me dolía, es más, quería perder mi memoria y olvidar que algún día opté por ser la víctima.

Me hacia la fuerte cuando estaba con ellas, un no rotundo a mi relación era el que siempre salía a relucir en nuestras conversaciones.

Me senté en la cama, me recosté sobre una almohada y prendí el televisor.

¿No entiendo tú por qué estas con un tipo como él?

-¿Un tipo cómo? Contra pregunté.

-¡Sin expectativas! ¡Sin ganas de ser más en la vida!

Dudé por unos segundos. Yo si confiaba en él y  tenía la esperanza que algún día surgiera en la vida, que se graduara de su profesión y se especializara.

-De verdad, creo que debes alejarte, no es el hombre para ti. Aseguró, me quitó el control de las manos y colocó otro canal, donde transmitían un desfile de moda en Milán.

-¿Y quién es el indicado para mí? Nadie sabía cuánto yo adoraba a ese hombre que ninguna de ellas quería como mi amigo,  amante y mucho menos como mi novio.

Boté un poco de aire. No tenía argumentos para defenderlo. Él nunca había demostrado un interés para llevar la fiesta en paz con mis amigas, estaba en una encrucijada y no sabía cómo hacer para sacarlo ileso de semejantes percepciones.

Acentué la cabeza y cambié de tema inmediatamente.

¿Por qué cambiaste el prograIMG_20150906_150310ma? Déjame ver la novela, ya casi llega a su final. Le dije.

-¡No, es muy cursi! pero que novelera te me has vuelto. Me volvió a quitar el control del televisor.

Nos interrumpió un mensaje de texto que llegó a mi celular.

¿Es él? ¿Qué te dice? Preguntó con curiosidad

-Nada, que lo llame.

Ella hizo un gesto de  poco agrado. Por eso nunca tuve la idea  de confesarle que era un mensaje de texto por cobrar, pero que a la larga significaba lo mismo, llámame. ¿ O no?

Salí del cuarto para llamarlo. Me contestó enseguida.

-¿Dónde estás me preguntó apurado?

- ¿Por qué, tú dónde estás? Contra pregunté

-En la casa me dijo. Pero quiero salir con mis amigos. ¿Vienes? Me preguntó, sin reparos.

-Estoy en la calle ya. Le contesté.

-¿Con tus amigas?

-Si

-Bueno, quédate con ellas. Colgó. Le volví a marcar, pero no me contestó más.

Cuando entré al cuarto Julieta se estaba maquillando. Me señaló el closet y me dijo.

-Busca algo que ponerte. ¡Vamos a salir por ahí!

Yo estaba intranquila. Esas salidas por ahí siempre significaban ir de rumba. Me impacientaba  saber que él estaba molesto conmigo.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué tienes esa cara de tragedia? Te dejas amargar por las cosas que él te dice.

-¡No! Le respondí tajante.

-¿Y, entonces?

La ignoré. Ella no entendía nada.

Saqué de su closet un vestido negro, era el que casi siempre me ponía cuando no llevaba ropa para salir, se ajustaba a la medida de todas.

-¡Ese está perfecto! Siempre te lo pones ¿No? Y sonrió.

Y allá estábamos, con la música alta, copas vienen, copas van.

-Tienes que dejar de salir siempre en carro, nunca puedes tomarte un traguito, pide un coctel, me sugirió Marian.

-¡Ya te dije que no!

-¿Estás amargada?

Ignoré su pregunta.

-Qué coctel y qué carajos, pensé. Yo quería estar con él y más nada. Además estaba buscando la excusa e inventarme  lo que fuera para salir corriendo tras sus huesos.

Le marqué al celular varias veces, pero no me contestó. Me estaba enloqueciendo imaginándome con quién estaría por ahí, después de haberse bebido más de una botella de licor. Eran casi las 3 de la mañana y yo ahí estaba tan sobria y con ganas de morirme, por haber dejado de estar ese día con él.

-¡Ya vámonos! Les dije a ambas.

-¡A penas comienza la rumba, es temprano!. Respondió cualquiera de las dos.

Me tomé un sorbo de agua, ya no soportaba estar un minuto más ahí.

Me senté en una silla, cuando volteé, ahí estaba él. Con unos amigos y unas amigas y mucha gente más. Sentí que la sangre dejó de subirme al cerebro. Me le acerqué  y le dije.

-¡Te vas conmigo!

-Él con varios tragos encima, acentúo con la cabeza, sin embargo me ignoró.

De la fiesta me tocó salir sin avisarle, mis amigas de siempre estaban borrachas, tenía que llevarlas a cada una a su casa.

Finalmente logré montarlas en el carro, comencé a llamarlo, después de casi 12 llamadas, nunca contestó.

Marian me arrancó de las manos el celular.

-¡Deja de llamar a ese imbécil!  ¡Él no te quiere!

Marian era cruel, pero tenía razón.

-¡Ya cállate! Le grité aturdida.

Me tenían aburrida con su terquedad y  caprichos a esa hora. Era tan fácil irse a dormir y ya. Pero no, ellas querían  seguir la fiesta,  comer, quedarse  un rato, ir a otra fiesta con unos amigos de no sé dónde y finalmente, que por favor  parara un momento para vomitar.

Estaba desesperada.Después de tomar un poco el control sobre la situación logré dejar a cada una en su casa. Esperé que entraran y  seguí mi camino.

Lo seguí llamando y después de muchos intentos al fin contestó.

-¿Por qué no me contestabas? Le pregunté muy molesta.

-¡Yo no quiero hablar contigo! Colgó.

Volví a llamarlo, pero que sorpresa. Su teléfono estaba apagado.

Una tonta lágrima delató mi impotencia. Obvio que no me quería, era claro, pero a mí me dolía tanto.

Me apagó el celular y así, los argumentos para defender una relación que solo yo tenía como prioridad. Él había confirmado esa frase de Marian “Deja de llamarlo, él no te quiere” y la de Julieta “No es el hombre para ti”.

Y ahí estaba yo, en las cuatro paredes de mi cuarto, llorando en soledad, un amor no correspondido.

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