Polvo perdido, final

Por @historiasdecama

Violeta,

El comprometido, parte 2

Desayuno de despedida
No tengo más adjetivos para definir a Alejandro. Él es sinónimo de perfección y delicia.
Cuando vi que coincidimos, me emocioné. Lo observé desde lejos y parecía una película. Se detuvo por unos segundos el tiempo y pensé en nada. En realidad se me revolvieron las ganas que prometí dejar en el pasado, en aquella noche que no fui capaz de abrirle mis piernas y que se empapara de mis húmedas ganas de él.
Lucía un traje negro y gafas oscuras ¡Es alto y elegante!
Ya lo sé, me delatan mis instintos ¡Me encanta! Es deliciosamente contaminante su mirada sin pretensiones de más.
No voy omitir detalles con respecto a las ganas que le tengo, es que nada peor que desear lo que no es de uno y no puede ser. Mala manía del ser humano la de desear lo del prójimo.
Entró al café y me saludó con un beso en la mejilla.
-¿Dónde nos sentamos, a dentro o afuera? Preguntó.
- Alejo¡Donde tú quieras! Le contesté.
Caminamos y nos ubicamos en una mesa, eran dos sofás, uno frente del otro. Me senté y él se sentó frente a mí.
-¡Siéntate a mi lado “cariño”! Le dije con un gesto de picardía.
Él no lo pensó dos veces, se levantó y se sentó cerca de mí.
Suspiré. Lo miré fijamente sin quererle perder detalle. Mi corazón palpitaba más fuerte, pero el de él parecía querer salirse de su cuerpo.
Estaba algo desconcertada por su actitud, me estaba ignorando y no hay nada que aterre más a mi orgullo que alguien que me guste me deje de asediar.
¡Que rico verte! Le dije. Después de tomarle la mano.
-¡Si, aquí estamos! Contestó y me tomó la pierna sin malicia.
No podía haber malicia a las 7: 20 de la mañana, fueron sus palabras minutos después, aunque yo no pensaba lo mismo ¿Por qué no? No hay nada más vivificante que un mañanero. Pero este no era el caso. Aquí era simplemente un desayuno de dcafé violetaespedida, sin más intenciones.
Él me inspiraba tantos sentimientos, el problema eran mis miedos. Esa atracción no sólo eran deseos sexuales, él me cautivaba con ternura y ganas de seguir soñando, ahí radica lo cursi del asunto. Era fascinante como me hacía reír y como cada gesto de su mirada me conquistaba y me hacía desear tenerlo siempre junto a mí.
Eso suena tan desesperanzador con un olor parecido a una ilusión y  solo se quedaría en eso.
Le pidió un jugo a la mesera y yo ordené un café.
-¿Qué tal tú? Me preguntó tratando de romper el hielo.
-¡Estoy feliz de tenerte cerquita! Y lo besé en la mejilla. Un beso largo que lo puso nervioso, lo sé por la forma como sonreía sin mirarme a los ojos.
-¿Por qué me has abandonado?
-¡Nada! Solo mucho trabajo contestó y luego acercó su cabeza a mi hombro.
-¿Quieres que te abrace? Le pregunté aludiendo a mi ego.
Él no dijo nada, solo se acercó más. Le pasé mi brazo por su espalda y comencé acariciarle el pelo. Él quedó ahí, sin decir nada. No había mucho que decir, su respiración lo delataba y estar accediendo a mi cuerpo más cerca del suyo también.
¡Me encanta! Lo repito y también sé que estoy perdiendo el tiempo y agotando mis ganas en algo que siempre ha sido imposible.
El tiempo era lento. Él seguía pegado a mí, lo seguí acariciando y él estaba muy a gusto. De vez en cuando me tomaba la mano y, una que otra vez, fui atrevida y le besé los dedos.
No voy a confundir mis sensaciones rosas con el amor, de eso estoy muy segura. Aunque él tenía una ventaja sobre cualquier antojo sexual que yo le tuviera. No quería sexo salvaje con él, porque con solo con besos y metiendo su lengua un par de veces por mi cuerpo me iba a mojar lo suficiente para que mi vagina quisiera más.
Tampoco esperaba que me cogiera y gritarle que me diera más duro, más fuerte o cualquier cosa que uno gime mientras está en ese éxtasis.
Yo no tenía ninguna exigencia para él, porque era el dueño de un dulce que me transmitía por los oídos y sé que sería un inolvidable pre coito. Yo disfrutaba de él, sus conversaciones y de su presencia. Tenía el terreno totalmente ganado con respecto a mis ganas.
Ningún hombre puede juzgar las razones de una mujer para decir no en una primera cita. La cual nunca fue una cita. Él se apareció frente a mi como esos ataques de lujuria que nos levantan en las madrugadas y que nos hacen perder la cordura cuando queremos algo prohibido. Se escondió bajo los efectos del alcohol. Lo peor, fue que nunca más insistió y eso destruye cualquier ego sediento.
Aun no entiendo cómo me contuve tanto, tenía las tangas empapadas y mi clítoris palpitaba al ritmo acelerado.
La mesera nos interrumpió cuando trajo la ensalada de frutas que habíamos ordenado. La colocó en la mesa y se retiró.
-¡Adelante! Me dijo.
Por unos minutos no mencionamos palabras, hasta que volvió a coquetearme cuando me pidió que le diera  las fresas en la boca, yo accedí. Todo era muy extraño y muy respetuoso para mi gusto.
-¿Me trajiste mi regalo de cumpleaños? Me preguntó emocionado.
-¡Sí! Le contesté. ¡Aunque estoy dudando en entregártelo! ¡Me dijeron que era un regalo demasiado delatador!
-¡Eres muy mentirosa! ¡No compraste nada! Me reclamó.
Lo entiendo. No sé cuántas veces le he prometido cosas que aún no le he cumplido.
Me volteé y saqué de mi cartera un libro.
-¡Se llama 20 poemas de amor y violetauna canción desesperada de Pablo Neruda! Le conté.
Él lo tomó en sus manos, sonrió y me dio un beso fugaz en la boca, aquí entre nos, hubiese preferido que metiera su lengua y sus dedos por donde fuera y sin importarle mis escrúpulos ni su orgullo.
-¡Gracias! ¡Me encanta! Me dijo con una sonrisita que le adornaba la cara.
-¡Mi favorito es el número 20! Le aseguré.
-¡Lo leeré! ¡Lo prometo! Volvió a sonreír emocionado.
-¡Es lo más parecido a mí! ¡Por eso cuando lo vi, pensé en ti! Le dije para hacerlo sentir importante.
No quería pararme de ese sofá. Sabía que después de esa cita, no habría más y yo no quería provocar una más. No tenía más intención de seguir rodeando en una situación que no me traería sino malos ratos. Además él estaba siendo indiferente conmigo, muchas veces ignoraba mis mensajes y otras tantas veces me respondía cosas sin sentido.
Lo observé mirando el reloj.
-¿Ya te quieres ir?
-¡No! Respondió monosílabo.
-¿Entonces? ¿Por qué miras tanto el reloj? Pregunté.
-¡Yo no sé lo que usted quiere! Me dijo.
Lo miré. No sabía qué contestarle, era obvio que él quería una noche conmigo, pero yo no me iba a conformar con una sola. Me conozco tan bien que le advertí lo manipuladora, obsesiva y celosa que podría ser en una relación que se me saliera de las manos.
-¡Si se lo que quiero! Le contesté.
-¿A su novio?
-¡Mi ex! Le reafirmé.
-¡Un día dice que no son nada y otro día pone fotos con él y poemas para él!
-¿Estás celoso? Le dije con tono sarcástico.
-¡Para nada! Tomó un pedazo de la manzana, le untó crema de queso y se la comió.
-¡Aquí tú eres él que está comprometido! ¡Tú eres el que tiene familia! Le refuté.
Reflexión para mí misma ¿Qué le pasa? ¿Yo me tengo que dejar embaucar con sus propuestas poco claras? ¿Era obligación abrírmele de piernas con la primera excusa? ¡Maldita sea! ¿Por qué no me le abrí de piernas? Por lo menos no me hubiese quedado con la duda de cómo hubiese sido.
-¡Cada quien cuida su corazón y eso hago! ¡Lo estoy cuidando! Le dije algo molesta. Me tomé un vaso de agua completo y de un solo sorbo.
Él me volteó la cara y siguió tomándose su jugo.
Fueron eternos esos segundos. Todo estaba claro. No le di lo que quería, entonces ya no le servía.
Sentí lástima y decepción. Mis temores de que todo acabara entre los dos se hicieron realidad. Él decidió olvidarse de mí y de sus pretensiones sucias conmigo.
Aunque puedo confesar que hubiese preferido que insistiera hasta que lograra su cometido. Era más satisfactorio que me buscara sin haberse tomado un trago y que no necesitara decirme la frase que me dijo después de tomarse un par de copas conmigo aquel día.
¿Cómo hago para abusar de ti si no tomas?
- ¡Yo no necesito estar borracha para encamarme con alguien que me guste! Le contesté.
La indiferencia mata cualquier llama que intente sobrevivir al frío y él con justa causa mató el fuego que estaba prendido entre los dos. Puso límites a mi imaginación.
Tengo que repetirlo,
¡Él es sinónimo de perfección! Pero él no debió pensarme tan fácil, aunque yo lo estaba para él.
Le dije que no, para no enamorarme de un imposible, un mal hombre que me iba a romper el corazón cuando su capricho por mi pasara a un segundo lugar.
Hace algunos días había leído la página 48 del libro “Tratado de culinaria para mujeres tristes” de Héctor abad faciolince.
“Vendrá alguien a quien por unos días dedicarás más atenciones y asaz más pensamiento que a tu mismo marido. No te sientas culpable; es una pasajera exaltación que el destino te manda a modo de fiesta es un despertador de espíritus dormidos. Es un corto carnaval, unas imaginarias vacaciones de la tenaz rutina de la convivencia”
Y eso pasaba por mi mente, estaba dispuesta a todo para salvarme de ser el plato de segunda mesa de alguien.

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