Short-citos calientes

 

Era un día tan aburrido, había intentado hacer tantas cosas a la vez, pero no podía concluir ninguna.  Hacía tanto calor que la ropa ligera no era suficiente para combatirlo. El ventilador y su aire ridículo me sacaban de quicio, junto con ese ruido acelerado que irritaba mis oídos.Me paré de la mecedora donde estaba sentada y en la cual por varios minutos  me detuve en el tiempo y opté por mirar el horizonte desde el balcón de mi casa, a veces funciona pensar en nada para buscar ideas extraordinarias, pero no, esta vez mi mente necesitaba algo más. Decidí tomar una ducha para hacer menor la angustia que el calor me producía, agua  que sentí tan bendita cuando recorría mi cuerpo.

Me senté en el suelo, prendí mi portátil y comencé a navegar en internet.  Conversaba y me entretenía chismoseando fotos, gente y también planeando la rumba del fin de semana con el remate en  la playa, aunque no sabía de dónde sacaría el dinero para salir.

De pronto lo vi conectado, siempre le hablo cuando lo veo en la web, ya perdí la pena y ya no necesito excusas, aunque nunca las tuve.

-¿Cómo me percibiste? Le pregunté sin saludarlo previamente.

-¿Cómo así? Me preguntó con el objetivo que le explicara mejor.

-¡Aja! Cuando estuviste aquí, me refiero a cómo me viste.

-¡Loca! Me escribió sin dudarlo, de eso estoy tan segura. Siempre me lo ha hecho saber, fama  que me he ganado gracias a que siempre digo cosas verdaderas  camufladas en bromas.

-¡Es que necesito escribir, así que cuéntame!  Le escribí con toda mi sinceridad.

-¡Más loca que nunca! Reafirmó.

Estuvo conmigo toda la noche y sólo piensa que estoy loca, algo me huele mal o algo no salió tan bien, pensé.

-¿Y? Le escribí con la intención que me siguiera sugiriendo otras palabras más sensoriales.

-¡Ansiosa! Me dijo. Sonreí levemente, si que lo estaba y me brotaba por todos mis poros.

-¡Prudente! ¿Prudente? Me cuestioné. Me sorprendió su percepción.

-¡Impertinente!

-¡Sigue! Le escribí.

-¡Caliente! ¡Si! Y con ¡Short-citos calientes! Me dijo y puso una carita feliz.

Me emocioné. Me hubiese gustado entrar en más detalles, seria bueno saber si siempre me ha pensando así o su opinión cambió luego de verme mostrando pierna, con ropa más fresca y en una ciudad distinta. Después de esa definición tan implícita me imaginé como si lo tuviera al frente, con esos ojos que son tan expresivos y con ese gesto que hace con la boca que motiva a cualquiera que lo esté mirando. Expresión que me regala los pensamientos más indecentes  cada una de las veces que lo he tenido cerca.

-¡Sigue! Le dije con la intención de encontrar algo que pudiera aprovechar a mi favor, es que queda de más anotarlo, yo no doy nada si no me trae algún beneficio, aunque tengo mis excepciones, pocas, pero las hay.

-¡Bueno! ¿Qué quieres? Que te suba el ego, me preguntó y se contestó él mismo.  Yo entendí que hasta ahí quería hablar, opté por no presionarlo porque cuando lo hago se me complica manejar las situaciones.

-¡No! ¡Sólo quiero escribir! Le contesté. Y en realidad sólo era eso. Quería  una idea o una inspiración que me permitiera escribir, pero nada se me venía a la mente. Preferí  acudir a muchos recuerdos, personajes, sentimientos, pero nada, estaba bloqueada.

-¡Serás un personaje y te haré famoso! Le dije. Quería subirle el ego  porque eso si que me ha funcionado.

-¡Hazlo! ¡Necesito salir del anonimato! Pero eso si ¡Rapidito! Estoy segura de que sonrió con esa picardía que lo caracteriza y que a mí me tiene, simplemente, encantada.

-¡No te rías! ¡Tengo fans!  Afirmé presumiéndole.

-¡Mami! ¡Yo soy uno! Me contestó. Esa expresión me causó tanta curiosidad, sabia que le  gustaba la forma como escribo, pero nunca me lo había dicho con esas palabras. Comprobé una vez más que subirle el ego me funcionaba mucho.

Entender cuáles son los sentimientos de un fan hacia la persona que admira. Sería bueno saber qué es lo que él piensa y  por qué siempre se me ha salido por la tangente y diplomáticamente nunca dice nada, como ahora.

Dejamos de hablar, me distraje leyendo y viendo fotos, algunas de ellas tomadas en su venida a la ciudad. Comencé a recordar y a reírme de cosas que suelen pasar y de esas que nunca pasan, aunque uno las desee con el alma, con la mente, con el cuerpo y con otras cosas más ocultas y más sensibles.

Las noches en Cartagena siempre han sido hermosas, pero esa noche era en particular mucho más bella que otras. La brisa se encargaba de despeinar mi pelo largo mientras caminaba por una calle del centro histórico.

-¿Hacia dónde vamos? Me preguntó mi amiga mientras tomaba la candela y prendía un cigarrillo.

-¡Ya te dije que para la Iglesia San Pedro! Le contesté algo irritada. No era para menos, yo solo tenía en la mente llegar rápido y sus preguntas me estaban impacientando más.

-¡Estamos cerca! Me comentó mientras absorbía y botaba el humo de cigarrillo.

-¡Terrible el humo! Me ensucias el pelo.

Intenté acelerar el paso, no era una cita, pero estaba nerviosa porque  me había imaginado tantos encuentros fortuitos y algo de eso  se estaba cumpliendo. Él había llegado  a Cartagena, sin planearlo, en un viaje de trabajo, sólo por un día y, tal vez, el romanticismo de la ciudad estaría jugando a mi favor.

Desde que lo conocí se me ha convertido en un reto, me encantó desde que lo vi en un bar en Bogotá. Ese día intenté seducirlo,  le coqueteé toda la noche hasta que me atreví a  pedirle su celular y  cuando  me lo dio, le planté un beso en la boca sin pedirle permiso y tampoco lo iba solicitar.

Nos habíamos hecho amigos por casualidad, lo llamaba de vez en cuando, pero sin conseguir nada, me refiero exactamente, nada de lo que yo quería. Pero esta vez podría resultar diferente.

Me detuve unos segundos para bajarme el short que llevaba puesto, mi amiga me lo sugirió porque se me veía la puntica de la nalga, la verdad no tuve en cuenta ese detalle. Escogí lucir short por el calor que en esos días azotaba con tanta rabia a la ciudad. Aproveché las vitrinas de la tienda de las tiendas de moda para mirarme y arreglar un poco el pelo desordenado.

-¡Es aquí! ¿Dónde están? Me volvió a comentar  mi amiga después de tirar la colilla del cigarrillo al suelo.

-¡Si! Le contesté con ganas de mandarla a callar, pero justo cuando lo iba hacer, lo vi.

Me quedé viéndolo unos segundos,  me dio pena acercarme.

Me miró extrañado, hace tantos meses no nos veíamos,  yo lo reconocería en cualquier lado. No podría olvidar jamás al protagonista de tantas conversaciones y menos esa sonrisa que transmite tantas locuras y que ha traído tantos pensamientos  inconclusos a mi mente.

-¡Hola! Le dije un poco nerviosa. Lo detallé completo, estaba un poco más flaco o no sé si se me hacia raro verlo en otra campo fuera del que me había acostumbrado.

-¡Hermosa! ¿Dónde estabas? ¿Cómo estas? ¡Tanto tiempo! Me dijo con una sonrisita picara. Me dio un beso y me abrazó fuerte mientras me hacía multiplex preguntas.

-¡Bien, mi corazón! ¡Muy feliz de verte! Le respondí con una agarrada de culo.

-¡Aún sigue perfecto! Le comenté. Él me miró con  la misma cara que siempre me ha mirado: Esa que me dice ¿Ya vas a comenzar? Pero no, yo quería terminar.

Me presentó a sus compañeros de trabajo.

Me sentí extraña, tal vez intimidada. Mi amiga me había dejado sola, se fue a un bar cerca donde me esperaría con otros amigos, no se si era buena idea o no, pero no los podía someter a caminar por horas las calles de la ciudad cuando la única que tenia intereses ahí era a mí. Así que no repliqué aunque si me molesté un poco.

Guardé silencio por unos minutos. Me sentía tan rara, como mosca en leche o como cuando uno va a una fiesta donde no se está invitada. Mientras caminaba pensaba en miles de tácticas para poner en marcha algún plan, pero no quería ser evidente, ni parecer tan necesitada, aunque lo estuviera. Después de minutos que parecieron horas, él rompió el hielo con esa particular forma, que repito, me encanta.

-¡Que sexy se le ve esa blusa! Me dijo con una picada de ojo y con ese leve gesto sensual que hace con su boca. Sabia que solo me estaba molestando pero  no pude evitar imaginármelo por lo menos con mi blusa en la mano.

-¿De verdad te gusta? Sonreí ¡Me la puse para ti! Claro está que omití las veces que me miré al espejo antes de salir de casa.

-¡Ah si!  Me contestó mientras  me abrazaba y con su mano izquierda hacía el amague de que iba agarrar el seno.

-¡Mira que mano resbalosa! Me dijo y me miró sonriendo maliciosamente. Sabía que me había declarado la guerra de quien daba más cuerda a quien y ese era el punto de partida.

-Camina rápido. Me dijo y me tomó de la mano

Nos sentamos en un muro frente a la Catedral. Dos de sus compañeros seguían tomando imágenes, el otro  estaba con nosotros. Se había colado a la conversación después de varias preguntas curiosas. Me miraba y me reparaba. Estaba tan segura que quería  preguntar algo puntual, pues era lógico, trabajan juntos y nunca mi nombre había figurado hasta ese día.

-¿De dónde se conocen? Preguntó mientras se sentaba en el muro, se veía algo agotado y parece que al fin descansada de su curiosidad.

-¿Te acuerdas cuando trabajaba en la discoteca? Comentó mientras buscaba algo en su mochila.

-¡Ah si claro! Afirmó este hombre  intentado saber más.

Yo me permanecí callada, en realidad, me daba igual  lo que dijera, al fin y al cabo esa historia yo la había referido un tanto o más veces que él. Además de que me divertía mucho recordar esas imprudencias que aparte de todo habían sido fuente de inspiración de tantas frases.

-¡Allá la conocí! Le aseguró  orgulloso.

-¡Ya veo! ¡Me imagino que después de eso no quería salir de allá! Afirmó el amigo mientras tomaba un equipo  del suelo.

-¡Quedó enamorada desde el primer momento que me vio! Le contestó seguro de que yo no lo iba a contradecir, me tomó por el hombro y me abrazó levemente.

No pude evitar reírme, pues lo que se dice exactamente amor no era, si me había gustado mucho, me parecía que tenia un no sé que en no sé donde, pero tal vez nada de ese sentimiento hubiese ido más lejos si él me hubiera tomado la palabra.

Una de las cosas que más me atraía de él era ese vicio de darme cuerda y a la final salirse por la tangente. No soltaba nada, solo jugaditas, picadas de ojos, sonrisitas, gestos delatadores y más nada.

-¡Sí! ¡Me enamoré desde que lo vi! Dije mientras le tomaba la cabeza y le tiraba un beso que hubiese preferido mejor dárselo justo debajo de su nariz y no sería la primera vez que lo intentaría.

Habíamos caminado mucho y ya me estaba comenzando a desesperar. Mis esperanzas eran demasiadas para acompañarlo hacer su trabajo, caminar, esperar y grabar el programa que el presentaba.

Yo quería estar sentada charlando de lo que sea, en un ambiente menos estresante, con la botella de licor en la mesa y con toda la mala intención de emborracharlo y que al fin me diera algo. Que forma de escabullirse la de este tipo y dejarme iniciada. Y que ganas las mías de querérmelo, bueno, en conclusión estaba cansada de caminar.

-¡Mami! ¡Todo ese es tuyo! Me dijo mirándome de pies a cabeza.

-¡No amor! ¡Y tuyo! Le contesté y si quieres hacer uso de tus pertenencias adelante. Dije complementando mis palabras.

Nos reímos mucho, recordamos cosas y hablamos de otras. Sentí que mi compañía ya era suficiente, a parte de que sólo quedaba una toma desde afuera de la muralla y luego irían al hotel a descansar.

Caminábamos hacia el carro que los transportaba,  me comentaba de todo lo que habían grabado en la mañana y que al final habían terminado exitosamente. Cuando íbamos a la mitad de la calle me detuve.

- ¿Qué pasa? Me preguntó mientras bostezaba. Se veía tan cansado.

-¡Me voy! Le dije. Aunque no quería  irme, sentía que debía hacerlo.

-¿En serio? Me miró desconcertado.

-¡Si! ¡Ya es hora! Aparte ustedes ya se van para el hotel y mis amigos me están esperando, le dije mientras él me seguía mirando sin respuesta.

-¿Te vas conmigo? ¡Yo te llevo luego al hotel! Le sugerí  cruzando los dedos para que se fuera conmigo.

-¡Muchachos! ¿Vamos un rato al bar, nos tomamos una cerveza y nos vamos a dormir? Expresó refiriéndose a sus compañeros. Observé como se les iluminaron los ojitos a algunos de ellos, pero en los grupos de trabajo siempre  está la persona que se opone a todo, el típico aguafiestas.

-¡No! Expresó el realizador, mañana hay que madrugar y nos falta las imágenes de la muralla y llegar al hotel a escribir libretos.

¡Vaya! ¡Que tipo este! Apagó mis ilusiones, quería mandarlo a guindar de una cuerda por ser tan aburrido. Que mala suerte la mía, no podía hacer nada, cómo me opongo a la responsabilidad,  no tenía ningún argumento para contrarrestar ese no. Por unos segundos sentí que iría conmigo aunque sus compañeros se hayan negado.

-¡Hermosa! ¡Lo siento! ¿Si me entiendes? ¡No me puedo ir solo!

Me salió más aguafiestas que el realizador y ahora ¿Qué me invento? Pensé.

-¡Yo te llevo al hotel! Le dije. Su mirada era un no rotundo. Que complicado este tipo y que rogado, pensé sin hacer gesto.

Le di el beso de despedida y me fui. Unos pasos más adelante, volteé y los  observé, en cada paso que daba sentía que se me iba la esperanza de un polvo y que de nada había servido el short-cito caliente, tal y como, él mismo le había dado nombre.

Cuando llegué al bar encontré a mis amigos borrachos, me enojé. Me senté en un sofá, no hablé, no tomé, no miré, no hice nada hasta que alguien me preguntó que me pasaba, pero no le contesté, estaba  respirando por la herida, era apenas lógico.

-¿Qué te pasa? Te fuiste de… Corté lo que me estaba diciendo con una mirada asesina ¡Deja de ser chismoso!

-¡Te voy a solucionar esto! Me dijo. Díctame el número de este tipo, yo lo llamo y lo invito.

-¿Para qué? Le pregunté un poco molesta.

-¡Para que se te quite el amargue! Y así era, tal vez entre hombres se entenderían más. No sé que fue lo que le dijo, pero mi amigo luego de hablar con él, me lo pasó y en ese momento me dijo que lo recogiera en hotel para que nos despidiéramos bien.

Mi semblante cambió, ahora el problema eran mis amigos, no se querían ir del lugar y yo estaba completamente desesperada por largarme.

Luego de insistir, al fin los convencí. Opté por amenazarlos con que se iban en taxi. El chantaje  me sirvió porque  ya  habían gastado mucho dinero en licor y  querían  seguir tomando, hasta según ellos, el sol saliera.

Llegamos al hotel, parqueé el carro y le marqué a su celular para que bajara mientras veía a mis amigos tomarse fotos en la mitad de la calle.

Más me tardé en llamarlo, que él en llegar. Saludó animosamente a mis amigos, se tomó fotos y bebió un trago.

Se disperso un poco y llegó hasta donde estaba yo.

-¿Y entonces hermosa? Me dijo después de abrazarme.

-¡Nada! Contesté. Tal  vez tenia mucha gente a mi alrededor y debí haber ido sola,  pero no, porque aunque suene feo, esos borrachos y bulleros  eran mi gancho para que él estuviera ahí.

Hablamos de su día y de lo temprano que debía levantarse para irse de viaje a Barranquilla, tenía que seguir su viaje de rutina laboral. Entré al carro y le subí a la música, vi que le pasaron un trago y él lo tomó sin oponerse.

-¡Muéstrame dónde golpeaste el carro!

-¡Que susto! ¡Menos mal que no se nota! Le contesté.

Caminé unos pasos me agaché y señalé.

-¡Es aquí! Le dije tocando el carro.

-¡La raya roja se nota! ¿Qué pasó? Me dijo extrañado.

-¡Me le atravesé a un bus! Le contesté riéndome. Ni yo misma lo podía creer. El incidente aunque no tuvo mayor consecuencia, pudo haber sido peor. Obviamente me  reservé la parte en la que estaba desesperada por llegar  y donde el trancón me atormentaba la poquita coherencia.

-¡Si! ¡Se nota un poquito! Le estaba diciendo exactamente cuando sentí que me agarró el culo. Lo miré y él me sonrió con ese gesto pícaro y, sin más, me dijo.

-¡Eres bien culona! Sonrió

-¿Todo ese es suyo? Me volvió a preguntar.

No le contesté nada,  otra vez volvía a jugar la provocación y ese juego era peligroso sólo para la persona que está destinada a perder.

-¡No me agarres el culo! Le dije agarrándole el de él fuertemente.

-¡No comiences! Me dijo sentándose en un muro cerca al mar.

Me senté a su lado. Observé el cielo y pensé que estaba en el lugar equivocado. Mis amigos seguían tomándose fotos y más borrachos que antes. Nada había cambiado.

Me solté el nudo de la garganta, me armé de valor contra la decencia y le dije sin tabúes.

- ¿No me vas a dar nada? Tragué toda la saliva que había retenido y respiré el aire que había detenido.

-¡No! Me dijo, sonrió y me tomó bruscamente por el cuello, rozó mi pelo, me acercó  la cara a la de él y me dio un beso en la mejilla.

Mis recuerdos se detuvieron, fue tan graciosa esa situación, nunca había sido tan directa en la vida con alguien, pero nada de lo que había intentado dio resultados. Al parecer todo estaba claro.

Estaba a punto de desconectarme, cuando recibí un nuevo mensaje en el chat.

-Bueno ¿Y cómo va hacer la historia? Me escribió.

-¡Me la voy a inventar porque no me dieron nada! Le respondí con una carita feliz.

-¡Prudente! Fuiste prudente pero lo intentaste, me dijo.

-¡Pero no me dieron nada! Le contesté.

-¡Eso es más pícaro que lograr lo cometido! ¿No?  Me lo imaginé con su carita de yo no fui, pretendiendo pasar la fiesta en paz, aunque en cierta forma tenía razón.

-¡Entonces no me invento nada!  ¡Habrá tercera parte! Le dije con toda la malicia y no estaba bromeando. Me divertí un rato pensando que poco me interesaba dejar para mañana lo que  podía comerme  ese día y que ni Cartagena de Indias pudo evitar que me postergaran el deseo.

Mi memoria se trasladó a un muro en la iglesia San Pedro mientras ellos grababan imágenes y la gente cenaba en el restaurante de al frente, el chofer del carro que los trasportaba me comentaba.

-¡Cartagena es una ciudad tan hermosa y romántica! Yo lo escuchaba sin mayor cuidado. Abrí un chocolate pequeño, lo mordí y el señor seguía hablando.

-¡Si uno trae a una mujer, la invita a ese restaurante caro, se toma unas copas de vino, la pasea en coche, la invita de rumba y no se lo da, es porque no se lo dará nunca! Me dijo mirándome a los ojos. Yo lo miré atormentada, totalmente decepcionada, al parecer me estaban dando respuesta a mis incógnitas, él suspiró y  finalizó su argumento diciéndome.

-Por cierto ¡Que lindos ojos tienes! Expresó. Arrugué la envoltura del chocolate y le sonreí levemente sin ganas. Era apenas lógico, me había perdido de un polvo y los short-citos calientes no habían sido suficientes para la guerra del que más de cuerda.

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